Clotilde Fonseca es Directora del Consejo de Promoción de la Competitividad de Costa Rica, ex Ministra de Ciencia y Tecnología de ese país.

Por Clotilde Fonseca. En la reciente edición de “TEDx Pura Vida”, Sam Stupp presentó los resultados de sus asombrosas investigaciones en biomateriales y medicina regenerativa. Para sorpresa del público, Stupp confesó, ahí, que los investigadores jóvenes de su laboratorio no están siempre en línea ni conectados permanentemente a las redes sociales. “Lamentablemente no tienen tiempo para Facebook”, explicó con una sonrisa’ El auditorio soltó una carcajada, en señal de asentimiento. La dimensión digital del mundo de la ciencia había adquirió entonces, otro tipo de vertientes y profundidades.

No está de más reflexionar sobre el tema. Es evidente que los planteamientos de Marc Prensky, recogidos en su artículo del 2001, en la revista On the Horizon, han tenido un gran impacto. Hoy, gracias a él, se ha generalizado la idea de que vivimos entre “nativos e inmigrantes digitales”. El destacado autor optó por estudiar los perfiles cognitivos de los jóvenes modernos y el inquietante abismo que suele existir entre la oferta educativa tradicional y las actitudes que los caracterizan. Describió así, un fenómeno social de grandes proporciones, los jóvenes hiperconectados, es decir, los “nativos digitales.” Ellos aprenden y se conducen de manera muy distinta de la generación anterior, a cuyos integrantes, Prensky describe como “inmigrantes digitales”.

Una revolución. Su metáfora, esa separación entre nativos e inmigrantes digitales, contribuyó a que mucha gente comprendiera, al fin, que la revolución digital es, precisamente, eso, una revolución, un proceso disruptivo destinado a transformarlo todo, que comporta un cambio de extraordinaria magnitud, capaz de marcar todas las disciplinas y de impactar a personas y generaciones. Sin embargo, sin un análisis cuidadoso, corremos el riesgo de trivializar lo que señala Prensky o de asumir una actitud ingenua al respecto. Aún peor, podríamos acabar ante una peligrosa caricatura de lo digital, reduciéndolo a su mínima expresión, a la capa más superficial de este descomunal fenómeno.

A diferencia de los inmigrantes, los “nativos” viven inmersos en el mundo de las redes y del aparataje tecnológico. Constituyen una generación –o una clase social, si la pensamos en los países con menores recursos– que cuenta con acceso casi ilimitado a la Internet, que tiene a su alcance celulares, computadoras, reproductores de música, cámaras, GPS y todo tipo de dispositivos. Los “nativos digitales”, nos dice Prensky, con una frase que hace unas décadas habría sido digna de Joan Manuel Serrat o de Sabina, llevan “el teléfono en el bolso y la biblioteca en la computadora”.

Pero, eso no es todo. Les encanta el “procesamiento paralelo”, están acostumbrados a hacer muchas cosas a la vez y prefieren la búsqueda al azar y el hipertexto. Tienen predilección por la gratificación instantánea. Muestran poca paciencia. Navegan siempre, en todo lugar. Se inclinan más hacia lo lúdico que hacia el “trabajo serio”. Privilegian lo gráfico y se resisten a escuchar una clase prolongada o una conferencia. No soportan las cosas que se desenvuelven con la lógica del “paso a paso”. Tienen acceso a la más amplia gama de fuentes de información. Aprenden solos e incursionan en todo tipo de saberes, prácticas y cosas.

La brecha intelectual. Algunos de ellos piensan, inclusive, que no requieren guía, escuela o educación formal porque están siempre en línea y allí encuentran las interacciones y las informaciones que, según ellos, son necesarias para tener dominio de lo que hoy se requiere. Con frecuencia se olvida, sin embargo, que, aunque en muchos lugares se haya zanjado la brecha tecnológica, subsiste aún una más poderosa y demandante: la brecha intelectual y cognitiva.

Muchos investigadores empiezan a dar la voz de alerta. El “surfeo” universal sin duda puede ser un buen deporte, pero, por sí solo, no afianza muchas de las competencias superiores que se requieren en el mundo actual. El mismo Prensky lo había señalado con pasmosa objetividad, cuando afirmó –hace ya casi diez años–, que al graduarse, un estudiante universitario en los Estados Unidos ha invertido al menos 10.000 horas en videojuegos, 20.000 en la televisión y, lastimosamente, menos de 5.000 en la lectura. Hoy sabemos, además, que ha dedicado, también, unas 200.000 horas enviando y recibiendo correos y mensajes electrónicos.

No hay duda de que los “nativos digitales” tienen un sinfín de nuevas fortalezas derivadas de sus nuevas capacidades. Lamentablemente, ya se hacen evidentes, también, muchas carencias que comprometen de manera inquietante su desarrollo profesional y su futuro. La falta de formación y disciplina intelectual que experimentan amplios grupos de esta generación pone en riesgo, inclusive, la posibilidad de los países de mantenerse a la vanguardia en la producción de ciencia y de tecnología. Así lo percibe Marcelo Milrad, profesor de la Escuela de Matemática, Física y Ciencias Computacionales de la Universidad Linneaus de Suecia y Director de su Centro de Aprendizaje y Cognotecnologías.

Matemáticas y física. Milrad hace un señalamiento fundamental: sin un dominio poderoso de las matemáticas y la física, la revolución digital y las telecomunicaciones modernas no habrían sido posibles. Sin embargo, los usuarios de estos desarrollos –incluyendo los de nivel universitario, aun en los países más desarrollados– han tendido a subvalorar y obviar precisamente el conocimiento y las capacidades que hicieron posible la creación y la evolución de estas tecnologías y, muy particularmente, de los desarrollos científicos en los que ellas se fundamentan. Estamos ante una sorprendente y peligrosa paradoja.

Y es que Milrad, lleva ya tiempo estudiando el tema. Este reconocido especialista, quien vino a Costa Rica, invitado por la Fundación Omar Dengo en el 2009, reconoce ampliamente la importancia de las destrezas tecnológicas para la vida académica, social y productiva. Su amplia experiencia como profesor e investigador universitario le ha permitido constatar, sin embargo, que la inmensa fluidez tecnológica desplegada hoy, por muchos de los llamados “nativos digitales”, suele ir aparejada con un escuálido desarrollo de las competencias analíticas y de producción intelectual, imprescindibles para la supervivencia académica y productiva en el mundo moderno.

Según Milrad estamos frente a un fenómeno alarmante, el de los “ignorantes analógicos”. Con esa expresión, imaginativa e irónica, este investigador sueco describe la realidad de muchos jóvenes de nuestro tiempo, que aun estando en la educación superior carecen de disciplina, rigor intelectual y capacidad de análisis. Estamos ante un gran déficit que empieza a marcar la evolución y el potencial de la vida universitaria y, por ende, la capacidad científica de las naciones, aún en el caso de los países más desarrollados.

Como es obvio, no está mal que disfrutemos de lo digital en todas sus dimensiones, aun en las más epidérmicas. No podemos, sin embargo, obviar la trascendencia de la actividad intelectual, matemática y científica más rigurosa, la que requiere mayor formación, concentración, dedicación y esfuerzo. Solo privilegiando estas capacidades podemos ponernos en ruta al desarrollo de manera más consistente y eficaz.

 

Clotilde Fonseca fue Directora Ejecutiva de la Fundación Omar Dengo de Costa Rica por casi dos décadas.  Fue también Ministra de Ciencia y Tecnología de ese país. Actualmente dirige el Consejo de Promoción de la Competitividad de Costa Rica.  La señora Fonseca tiene una Maestría en Administración Pública de Harvard University. Ha sido consultora de diversos organismos internacionales y ha  publicado ampliamente sobre temas de desarrollo, educación y tecnología.

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